VOLCÁN DE ACNÉ
A punto de explotar el juvenil volcán de acné
que invasiona la orugosidad de tu cara,
ella saca su lengua, la puntita,
la reposa en la comisura de los labios,
y se concentra en el estruje desaprensivo
de tus puses acumuladas.
Mientras se acomoda en su placer,
gozándolo por adelantado,
tu escrutas su escote, la insinuación de los pechos,
prisioneros en el contenedor de los sontenes,
y sólo ese placer de tu imaginación lasciva
te distrae de la tortura de tu verduga.
Si ella te dejara aposentar tus manos, ambas,
coronando los jóvenes pechos,
tactificándolos a conciencia,
y después jugar a que los pezones eran globitos
que se henchían en respuesta al paso de tu lengua,
estarías compensado gratamente.
Pero no.
Ella da un manotazo a tus manos, ambas,
estate quieto, dice,
y te deja claro que sólo obtendrás de ella
su mortificación.