Francisco de Sales - Relatos

DESDE AQUELLA MAÑANA

Francisco de Sales 

              

Aquella mañana, cuando se despertó, quiso ponerse los ojos de ver las cosas bonitas, pero no los encontraba.

Con los de dormir, o sea, a ciegas, recorrió los lugares donde los dejaba.

No los halló.

        Encontró los de ver el día de ayer: vio la discusión con sus hijos, las maletas que se llenaban, el portazo que rubricó la amenaza de dejarla, la noche llena de incertidumbre, lágrimas, la tortura de las desolaciones, las quejas al cielo... y más lágrimas.

        Se olvidó, para siempre, de los ojos de ver las cosas bonitas. A partir de ahora sólo usaría los ojos de ver el futuro negro. 

        Paseó su miedo y su angustia por toda la casa. Comprobó que sus hijos se habían llevado todas sus cosas, la vida de cada rincón, y el futuro que les esperaba.

La dejaron sola, sin porvenir ni esperanza.

        Su mente frágil sintió que la clavaban a ese momento y le cortaban el crecer, dejándola estancada.

A partir de entonces, todo cambió. Cada vez que intentaba razonar se encontraba con una muralla insonorizada. Sus gritos volvían, inmediatamente, rebotados, ecos-burla que se reían de la llamada a la cordura que huyó en vista del porvenir que le esperaba.

        Se convirtió, porque quiso, porque quisieron que quisiera, en una foto instantánea, mágico efecto que permitía crecer las grietas en las paredes, los desconchones en la pintura, el polvo en los cristales, y las arrugas en su piel, pero no su interior detenido en aquella mañana.

        Su mente, astuta, consiguió escapar al destino que le acechaba. Mente feliz, pero cobarde, que no se enfrentó a la rutina y la costumbre, a ser lo que se debe ser porque lo exigen las circunstancias.

        Pero, ¿cómo negarse un paraíso de encargo, a medida, de su talla?, ¿cómo creer que mejor cuerda que loca?, ¿cómo preferir enfrentarse de tú a tú al fracaso antes que ojos ciegos, oídos sordos, boca callada?, ¿cómo entender una vida dedicada a la familia si luego la familia falla?, ¿a quién recitar “soy una mártir una esclava todo el día fregando luchando con la casa”?, ¿a quién decir “te quiero, cuéntame qué te pasa, buenos días, hasta mañana”?, ¿a quién cepillar el pelo, besar dormido, tejer un jersey de lana...?

        La tentación de vivir en un mundo hecho a tu gusto es más fuerte que seguir la corriente que te condena a ser consecuente, comedida, sumisa, mansa... eslabón igual que el anterior y el siguiente, granito de arena que vale nada, número en una estadística, dato en una maraña.

        Acabó inventando personajes y vecinas, y conversaciones con sus hijos que ella misma contestaba. Acabó regateando al pescadero, haciendo cola en la caja del supermercado, escogiendo el mejor pan... y todo ello sin salir de casa.

        Fue más allá. Se coronó Reina de su universo de ochenta metros cuadrados de ilimitados norte-sur-este-oeste (si bien es cierto que alguien había colocado paredes, puertas y ventanas), pero el sol (bombilla desnuda ahorcada en un cable) brillaba cuando ella se lo ordenaba; la noche le obedecía (era fácil: sólo tenía que bajar las persianas), y la lluvia estaba prisionera en un grifo que ella manejaba.

        Todos los animales de su mundo tenían cuerpo de gato, menos uno que era un pájaro tísico, jubilado, que tosía y no cantaba; tenía un geranio que soportaba un diluvio diario, y una calendario que ya había cumplido diez años de la condena a estar colgado; tenía un cuadro de polvo y colores que parecía un paisaje de cielo, sol y campo; una alfombra con más pelos gatunos que lana; cajones que no se abrían; puertas que no cerraban; fotos enmarcadas que eran recuerdos clavados a la pared, o mostrando la espalda, castigados por enseñar la cara de un pasado repudiado desde aquella mañana.

        Caminaba trabajosamente por la casa llena de pasado y vacíos.

        Era un fantasma disfrazado de mujer.

        Arrastraba sus recuerdos dejando un surco brillante por los sitios que utilizaba, pero el presente se acumulaba, como polvo, a los lados.

        Sus manos eran dos dificultades al final de los brazos. Se habían convertido en unas grietas continuas rematadas en uñas desiguales. Era un dolor ver el esfuerzo inútil de tratar de ser ágiles, y trágico verlas torturadas por el agua.

        Se refugió en su mundo dentro de otro mundo. Navegaba por el alcohol, llave mágica que le abría la puerta a la ausencia, le teñía el día de rosa, y borraba lo que ella deseaba: los hijos, que para el caso, como si no lo fueran; el marido, que le acompañó a la iglesia pero no a la vida; el pasado, pleno de tiempos mejores...

        Añoraba el antes de que le secuestrara la locura. Cuando ella era ella.

        Ahora le sorprendían los pensamientos a traición y no la dejaban tiempo ni para aprendérselos. Un día pensó que el desamor es la rotura de las ilusiones, y cuando pudo llegar al papel y el lápiz, se había consumido el pensamiento, y sólo recordaba la palabra desamor, y con dudas.

        Una mañana despertó antes que la loca que le habitaba, y le cruzó por la mente la idea de que el sueño es la única posibilidad que hay de poder ser y conseguir lo que nunca seremos ni conseguiremos. Y pensó que ese pensamiento no podía ser suyo, y que era otra la que se había despertado.

        Se le había abreviado la altura, las carnes se le metieron para adentro, se le cayeron los hombros, acortaron su paso las piernas, y los pies se arrastraron. Y se le extravió la vida de los ojos, se les oxidó el brillo, se decoloró el azul intenso, mar y cielo.

        Molestaba el colorido hiriente de sus pómulos, la pintura desordenada en los párpados, el rojo chillón histérico de los labios, sus cejas ausentes mentidas con un trazo negro desigual de grueso, el pelo escaso aprisionado por un trozo de lana en una coleta hecha sin amor. Es más: hecha sin ganas.

        Veía en blanco y negro, en el que fue uno de los primeros televisores, los anuncios de colonias que nunca iba a usar, el coche que corre a doscientos veinte, y la muñeca que llora en inglés.

        Las noticias eran una película.

        La realidad, una novela.

Bailaba, con una mano sobre el pecho y la otra agarrando al aire, con pasos imprecisos y giros arriesgados, la música del cantante pasado de moda que se presentaba en la pantalla. Seguía todos los seriales –pobres, ¡cómo sufren!, pensaba-. No quería ver que la televisión era un espejo donde ella se reflejaba.

Había renunciado al mundo, que siguió girando a pesar de su ausencia. Había cerrado la razón hacía años, y las novedades y adelantos se encontraban con una puerta clausurada, sellada hasta la última rendija, y al llegar tenían que dar la vuelta y buscar otros oídos que aceptaran sus virtudes y ventajas.

        Ella siguió ocupando los mismos vestidos a pesar de calores y nevadas. Insensible a los cambios del tiempo, parecía que su piel rechazaba sentir otra temperatura distinta a la que tenía aquella mañana.

No entraban en su mundo ni los cumpleaños cuando llegaban.

Siempre fue la misma tormenta amansada hasta que llegó el momento de quedarse quieta en cualquier sitio y cortar la relación con su irrealidad y con el mañana.    

        La que no nos olvida, la indeseada, la dejó seria, callada, con los ojos abiertos, quietas las pestañas, el corazón anclado, los pulmones en pétrea calma.

        No se movió cuando tiraron la puerta. No se movió cuando la movieron para meterla en la caja. No se movió a pesar de lo duro, lo estrecho, del aire que faltaba. No gritó que prefería que la enterrasen en su casa, en el sofá, con la bata y las zapatillas, mirando a la ventana.

Simplemente, dejó que la historia siguiera llenando hojas, como había hecho desde aquella mañana.